Cada 13 de septiembre, la Argentina conmemora el Día del Bailarín Folclórico. Es una fecha que muchos dan por sabida, pero pocos conocen su origen real: no nació de un decreto espontáneo, sino de años de investigación, trámites legislativos y la insistencia de un bailarín que no quiso dejar pasar la muerte de su maestro sin un homenaje. En Otras Voces Multimedio dialogamos con dos protagonistas de esa historia: Roberto Torres, primer bailarín del ballet de Santiago Ayala «El Chúcaro», y Teresa Caraza, bailarina e integrante del histórico grupo Malambo 4.
Una fecha que nació de una investigación, no de un decreto
El 13 de septiembre se eligió porque ese día, en 1994, falleció Santiago Ayala, «El Chúcaro», uno de los maestros más importantes de la danza folclórica argentina. Roberto Torres, que había sido su alumno y bailarín entre 1975 y 1985, contó que en 1996, siendo director del Ballet Folclórico de la Municipalidad de Mendoza, decidió impulsar un homenaje formal. No se trató de una simple propuesta: armó un anteproyecto completo, investigó antecedentes y lo llevó a la Cámara de Senadores mendocina.
De Mendoza a la Nación: un trámite que se estiró casi 30 años
La resolución provincial se aprobó en abril de 1998, declarando el 13 de septiembre como el día del bailarín folclórico en homenaje a Ayala. Torres luego acercó esa iniciativa al entonces senador nacional Carlos de la Rosa, con la idea de llevarla a rango nacional. La media sanción se logró en el Senado, pero el proyecto nunca avanzó en Diputados. Sin embargo, la fecha se instaló igual en la costumbre popular, algo que el propio Torres remarca:
«Ya no es necesario ni la ley porque ya es popular.»
Roberto Torres y «El Chúcaro»: del ensayo callejero al escenario de Buenos Aires
Torres relató cómo llegó a integrar el ballet de Ayala en 1974, tras un examen improvisado en un camarín del boliche Caño 14. Contó los años difíciles del «Rodrigazo», cuando la crisis económica dejó sin fondos al proyecto de un ballet folclórico nacional y varios bailarines mendocinos quedaron varados en Buenos Aires. Aun así, decidió quedarse, sobrevivió tocando el bombo en una orquesta de tango y terminó siendo convocado personalmente por Ayala para integrar lo que sería su última gran obra coreográfica, basada en el Martín Fierro.
Teresa Caraza y el malambo: ser mujer en un terreno «de machos»
Teresa Caraza integró desde los años 80 el grupo Malambo 4, siendo la única mujer entre varones en una disciplina que hasta entonces se consideraba exclusivamente masculina. Ella misma describe el contexto de época:
«Era propio del varón, era todo de machos.»
Caraza contó que aprendió zapateo desde chica porque, en su grupo de formación, la ponían a practicar junto a los varones. Hoy, ya con 15 a 20 vendimias en su trayectoria y formándose como profesora, sigue animándose al malambo, aunque —dice entre risas— «las rodillas ya no dan lo mismo».
¿Por qué enseñar folklore en la escuela?
Uno de los tramos más interesantes de la charla giró en torno a la enseñanza. Torres explicó que la incorporación del folklore a la currícula escolar se remonta a la Escuela Nacional de Danzas creada en la década de 1940, impulsada por el gobierno de Juan Domingo Perón con el objetivo de sistematizar y federalizar las danzas regionales. Según Torres, aprender folklore en la escuela no es solo aprender a bailar una coreografía: es acceder a historia, antropología, geografía e identidad. Adelantó además que está por presentar un libro sobre la transversalidad del folklore en la enseñanza, vinculándolo con materias como matemática o geografía.
La Vendimia que se hacía en los barrios
Ambos invitados coincidieron en que, durante buena parte de su historia, la Fiesta de la Vendimia fue protagonizada por trabajadores de barrios populares —taxistas, empleados municipales, obreros— antes de que se instalara la lógica del casting profesional actual. Torres recordó anécdotas como el «botiquín cuyano» (la hielera con vino y gaseosa de los ensayos) y el horno de barro detrás del escenario donde se cocinaban empanadas para el elenco.
La mirada de la columnista
Lo que más rescato de esta charla es el valor de la historia oral como reservorio cultural. Roberto Torres no citó un archivo institucional: citó su propia gestión, papel por papel, ante cada legislador. Eso es exactamente lo que debería ser una legislatura: una casa del pueblo, no una oficina alejada de quienes hacen la cultura real. Que una tradición sobreviva 30 años sin necesidad de ley alguna, sostenida solo por la apropiación popular, dice más sobre la identidad cuyana que cualquier boletín oficial.