En momentos donde el poder económico impone su agenda y las dirigencias parecen negociar en silencio, vuelve a ser necesario decir las cosas sin rodeos. La defensa del agua, de los derechos laborales, de las jubilaciones y de la educación pública no puede quedar atrapada en discursos vacíos ni en operaciones políticas.
La minería megacontaminante, el endeudamiento, la precarización del trabajo y la pérdida de confianza en las conducciones sindicales y políticas forman parte de un mismo entramado. No es un fenómeno aislado ni repentino: es el resultado de decisiones que se toman lejos de la gente, pero que impactan de lleno en la vida cotidiana.
La historia demuestra que las transformaciones no nacen de la comodidad del poder, sino de las caminatas, las asambleas y la organización popular. De ahí surgen las nuevas dirigencias, cuando las viejas ya no representan. La resistencia no es espontánea: se construye, se comparte y se sostiene colectivamente.
Porque cuando el pueblo vuelve a encontrarse, la verdad siempre termina saliendo a la superficie.


