Día por la Memoria, la Verdad y la Justicia.
Estuve ahí. En un espacio cargado de historia, de dolor, pero también de verdad. Y cuando digo verdad, lo digo con toda la responsabilidad que implica: no hay dos verdades.
Escuché, hablé y miré a los ojos a personas que no encajan en el relato simplificado que algunos intentan instalar. No eran militantes de partidos políticos, no eran una caricatura ideológica. Eran hijos, estudiantes, profesionales. Personas con historias atravesadas por la desaparición, por la pérdida, por la identidad robada.
Por eso, cuando escucho que se intenta plantear una equivalencia, que se habla de “dos verdades”, siento que no solo se distorsiona la historia, sino que se debilita algo mucho más profundo: la capacidad de una sociedad de reconocer lo que estuvo mal.
El Estado no puede ser lo mismo que aquello que combate. Puede haber habido conflictos, tensiones, incluso violencia política en distintos momentos de la historia, en Argentina y en el mundo. Pero nada, absolutamente nada, justifica la desaparición de 30.000 personas. Nada justifica el robo de identidad de cientos de niños, muchos de los cuales aún hoy siguen buscando quiénes son.
En esa jornada también pude escuchar historias concretas de Mendoza. Hijos de desaparecidos que hoy siguen construyendo memoria. Profesionales que trabajaban en barrios vulnerables, estudiantes que tenían ideales de igualdad, de justicia social. No eran enemigos. Eran parte de una sociedad que pensaba, que discutía, que soñaba.
A 50 años del golpe, hay reflexiones que vuelven a poner el foco donde tiene que estar. Una de ellas plantea algo simple pero potente: nunca más a la violencia de la dictadura y siempre más una democracia justa.
Y esa palabra, “justa”, no es un detalle. Porque si algo queda claro hoy es que la democracia no alcanza solo con existir. Tiene que ser justa. Tiene que dar respuestas. Tiene que incluir.
Mientras tanto, la realidad nos muestra un país en tensión: jubilados, docentes, personas con discapacidad en las calles. Provincias en conflicto. Demandas que no encuentran respuesta.
Por eso, hablar de memoria no es mirar al pasado. Es discutir el presente. Y es, sobre todo, decidir qué tipo de país queremos construir.
Yo lo tengo claro: uno donde la verdad no se negocia. Y donde la memoria no se relativiza.

