Mendoza: una democracia sin equilibrio

Andrea Blandini analiza los resultados de las elecciones en Mendoza y advierte sobre el riesgo de una democracia sin contrapesos. Con el 69% de los votos para Cornejo y solo una minoría real de participación ciudadana, la política se reduce a estructuras estatales y aparatos partidarios. ¿Qué pasa cuando el poder se encierra y el pueblo se ausenta?

Las elecciones del domingo dejaron mucho más que un resultado: dejaron una alerta sobre la salud democrática de Mendoza.
Con el 98% de las mesas escrutadas, Alfredo Cornejo obtuvo el 69% de los votos, mientras que el peronismo alcanzó apenas el 25%.
Fue, sin dudas, una elección de estructuras: los espacios con poder de gestión ganaron y el resto quedó fuera.

“No es sano para la democracia que haya una sola voz capaz de legislar, gobernar y modificar sin contrapeso. Cornejo está rozando los dos tercios en el Senado y en Diputados cuenta con aliados que votan junto a él. Eso no es equilibrio, es hegemonía.”

El dato más preocupante no es quién ganó, sino cuánta gente decidió no elegir.
Según los números oficiales, 462.825 personas no fueron a votar y 155.175 votaron en blanco o anularon su voto.
En total, 618.000 mendocinos, el 40,48% del padrón, expresaron su descontento o su desconexión con la política.
Mientras tanto, apenas el 60% restante respondió a estructuras del Estado, sindicatos o municipios.

“¿De qué estructura hablamos si Mendoza está fundida?”
La vitivinicultura está en crisis, el petróleo en retroceso y la minería no arranca.
El Estado se vuelve el principal empleador, y la mitad de la población depende directa o indirectamente de él.
Paradójicamente, un gobierno que se dice “antipopulista” construye su poder sobre la dependencia estatal.

En mi análisis surge también una mirada más amplia:

“La derecha mendocina se devora a sí misma. Lo que antes era amarillo se volvió celeste y ahora se tiñe de morado. Milei no se comió al peronismo, se comió al macrismo.”

El mapa político del país cambió, y con él las emociones que lo sostienen.
Lo explico desde dos palabras clave: esperanza y miedo.
En un contexto donde no hay fábricas nuevas ni producción creciente, el discurso del miedo y la promesa de esperanza se vuelven el único motor político.

“El miedo mueve más que la razón. Trump lo usó en Estados Unidos, y hoy lo vemos replicado acá. El problema no es solo Milei, sino la derecha que se come a sí misma.”

La conversación cierra con una advertencia: si la democracia se reduce a números, si el pueblo no está en la calle ni en las urnas, no hay equilibrio posible.
Y sin equilibrio, la democracia se convierte en una gestión del miedo.

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