Estuve en el Espacio para la Memoria, en calle Belgrano, en Mendoza. No es un lugar cualquiera. Es un lugar donde pasaron cosas que no deberían haber pasado nunca. Y sin embargo pasaron.
En la víspera de los 50 años del golpe de Estado de 1976, decidimos hacer el programa desde ahí. No desde un estudio. Desde donde duele. Desde donde la historia todavía respira.
Escuché a Alejandra, hija de una jueza y un periodista que fueron secuestrados el mismo 24 de marzo. Me contó cómo se llevaron a sus padres desnudos, dejando a tres niñas solas. Tenían 7, 6 y 1 año. No es un dato. Es una escena que no se borra.
Escuché a una sobreviviente que estuvo más de 40 días en un centro clandestino. Me habló de tortura, de traslados, de cárceles, de compañeras. Pero también de algo que me quedó resonando: el humor, el amor y la solidaridad como formas de resistir.
Después vino Ernesto. Tenía 2 años cuando se llevaron a sus padres. A su papá lo encontró décadas después en una fosa común en Tucumán. A su mamá, nunca. Me dijo algo que no se puede discutir: no saber qué pasó es una herida abierta.
También escuché a jóvenes. Nietos, hijos de esa historia. No vivieron la dictadura, pero viven sus consecuencias todos los días. Hablan de identidad, de búsqueda, de memoria, pero también de presente. De una democracia que sienten frágil, de derechos que perciben vulnerados.
Y ahí entendí algo.
Esto no es pasado.
Esto es presente.
Porque todavía hay personas que no saben quiénes son. Porque todavía hay familias que no saben dónde están sus desaparecidos. Porque todavía hay discusiones que intentan simplificar o negar lo que fue un proceso complejo, doloroso y profundamente humano.
En el programa se dijo algo que me parece clave: no se trata solo de números. Se trata de personas. De historias. De vidas interrumpidas.
También se habló de algo incómodo pero necesario: los discursos actuales, la violencia, la deshumanización del otro. Y cómo eso conecta, de alguna manera, con lo que pasó.
No es lo mismo. Pero tampoco es inocente.
Me quedo con una imagen final: nuevas generaciones marchando. No los que vivieron los años 70. Ni siquiera sus hijos. Sus nietos.
Eso significa que algo sigue vivo.
Y la pregunta ya no es solo qué pasó.
La pregunta es qué hacemos nosotros hoy con todo esto.
Porque la memoria no es un acto del pasado.
Es una decisión del presente.

