Enero dejó una coyuntura política intensa en Mendoza, pero con un dato llamativo: la escasa presencia pública del peronismo en los debates centrales. En paralelo, uno de los temas más sensibles avanzó con bajo nivel de discusión social: el Distrito Occidental Minero.
El nombre puede sugerir una zona árida o poco relevante, pero el territorio cuenta otra historia. En áreas cercanas a Los Molles, Las Leñas y el Paso de las Damas se observan nacientes de agua, arroyos caudalosos y formaciones periglaciares que funcionan como reservorios naturales. Estos ambientes cumplen un rol estratégico en el equilibrio hídrico de la provincia.
La preocupación gira en torno al impacto que podría tener la actividad minera en zonas de alta montaña, especialmente en terrenos porosos donde el agua subterránea y superficial confluyen hacia ríos como el Río Grande. La posible contaminación o alteración de estos sistemas no sería un efecto aislado, sino que podría repercutir aguas abajo en otras regiones.
En el plano político, se cuestiona que parte de quienes aprobaron la iniciativa no habrían recorrido personalmente el área. Esto reabre el debate sobre la responsabilidad de legislar con conocimiento directo del territorio.
También aparece otra tensión: mientras existen controles estrictos sobre explotaciones de segunda y tercera categoría -como áridos destinados a la construcción-, la discusión sobre proyectos de mayor escala parece menos visible en el debate público.
El fondo de la cuestión no es solo técnico ni partidario. Se trata de un tema estructural: agua, biodiversidad y modelo productivo. En una provincia con alta vulnerabilidad hídrica y actividad sísmica, las decisiones sobre minería en zonas sensibles requieren información clara, transparencia y participación social.
El Distrito Occidental Minero no es un concepto abstracto. Es territorio, es geografía concreta y es recurso estratégico. Y el debate sobre su desarrollo (o su protección) apenas comienza.

