En el marco del debate por la reforma laboral y la situación de los trabajadores formales y de la economía popular, una dirigente de Las Heras compartió su mirada sobre la realidad que se vive en los barrios y en las ferias sociales.
Su recorrido comenzó en la crisis de 2001, cuando los trueques funcionaron como estrategia comunitaria para sostener la alimentación y el intercambio. Hoy, según relata, la situación es distinta: las ferias ya no representan una alternativa solidaria sino una herramienta de supervivencia.
“Cada persona que se suma es un soldado más en el ejército de la pobreza”, afirma. En esos espacios se encuentran jubilados, docentes, estudiantes y amas de casa que venden productos usados o elaboraciones caseras para complementar ingresos que no alcanzan.
La entrevistada explica que su jubilación ronda los 600.000 pesos, pero que entre medicamentos y un préstamo personal los gastos fijos superan los 500.000. Aun teniendo vivienda propia, debe seguir trabajando para sostenerse. Señala que para muchas personas mayores de 60 años el mercado laboral formal está prácticamente cerrado.
También advierte sobre el impacto social de la crisis: aumento de problemáticas vinculadas a la salud mental y a las adicciones, especialmente en jóvenes. Desde su experiencia personal -marcada por la pérdida de un hijo- impulsa el acompañamiento comunitario y la articulación con instituciones que puedan brindar ayuda.
Respecto a las ferias de Las Heras, detalla que funcionan en espacios públicos autorizados por el municipio, con aranceles mínimos para cubrir servicios básicos como baños químicos y limpieza. Además, se organizaron cursos de manipulación de alimentos con validez nacional para formalizar la actividad.
La conclusión es clara: las ferias reflejan una realidad económica compleja. No son solo un paseo comercial, sino el síntoma visible de una crisis que atraviesa ingresos, empleo, salud mental y tejido social.


